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| Lloremos juntos |
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Si lo sopesamos como corresponde, caerá el velo y nos daremos cuenta que, hoy, como ayer, el hombre promedio sudamericano, está tan lejos de llegar al “primer millón”, como remota es la posibilidad de tener una casa quinta en el planeta Marte. Es inmensa de grande, la distancia que nos separa del ansiado y seductor, montoncito de dinero. Algunos dirán que se trata de un exacerbado materialismo, pero los expertos en temas financieros y económicos, afirman que se trata de una suma necesaria para llevar una vida más o menos respetable. Comer bien, vestirse adecuadamente, tener una casa cómoda y un auto moderno, servicio médico y algunos pequeños gustos, como ser, viajar y adquirir ciertos artículos de avanzada tecnología. Volviendo a la realidad, caemos en la cuenta que, así como se están dando las cosas, el destino nos esquiva. No nos sonríe, se ríe a carcajadas en nuestras narices y a expensas de la miseria que nos correspondió en el reparto. Para que lo entiendan, juntando moneda por moneda, la meta se nos hace terriblemente, cuesta arriba (como tendría que decir el tango). Como si eso fuese poco parece que, además, enjabonaron el camino, desparramaron clavos y, si se fijan bien, distinguirán a la distancia dos o tres piquetes corta-caminos colaborando con lo tortuoso y escabroso del recorrido. Lo más triste es darse cuenta que, conseguir, aunque más no fuera una leve aproximación a la anhelada meta, no sólo depende de un hecho fortuito que pueda acaecer, sino ochenta y cinco mil hechos fortuitos, coincidentes y simultáneos. Por nosotros, los sufridos integrantes del hombre promedio sudamericano, no tendrán que preocuparse, no seremos competencia en la pelea por adquirir las empresas más rentables de la movida económica y bursátil. Estamos abocados a la ardua tarea de conseguir dinero para poder pagar las boletas de agua, luz, gas, teléfono, y si sobra algo, comprar unos cuantos comestibles. |


Un mejor título hubiese sido “Como conseguí mi primer millón”. Sin embargo, no hay más remedio que ser consecuente con la realidad que nos tocó en suerte, que nos merecemos o supimos conseguir.