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| Altruísmo |
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Si nos remitimos a la definición que nos presenta el diccionario de la real academia diremos que el altruismo es Poner diligencia en procurar el bien ajeno aun a costa del propio. Muy bonito, casi poético, casi extinguido. En esta época de tanto individualismo, en la que el egoísmo es casi una religión, ser altruista es una rareza que no sólo llama la atención sino que lleva, a sus cultores, a ser considerados héroes, próceres, quijotes y otros epítetos no tan halagüeños. Ocurre que no es corriente observar a personas que profesen una preocupación o devoción desinteresada por el bienestar de otros, entonces los altruistas pasan a ser las moscas blancas que transmiten asombro por ser como son.
Nos cuesta suponer que haya personas que tiendan a hacer el bien por el sólo hecho de ser buenas. Nos resistimos a creer que no existe el total y completo desinterés en algunas actitudes de ciertos individuos que, desprovistos de cualquier doble intención, brindan ayuda y apoyo a sus semejantes. ¿Qué somos, altruistas o egoístas? ¿De qué lado estamos, de los que se encierran en sus luchas por conquistar sus sueños aunque sea pisando cabezas, o de los que tienden a ser solidarios y dispuestos a ayudar sin pedir nada a cambio? Debemos ser conscientes de que el altruismo y la solidaridad se alzan como alternativa válida, capaz de variar los hábitos de la competitividad, que conducen, de manera segura, a un egoísmo e individualismo exacerbados. Tendríamos que definirnos, cabal y ajustadamente, como lo que realmente somos, despojarnos de la hipocresía y la conveniencia, y encasillarnos en el lugar que nos corresponde. Si trazamos un segmento entre altruismo y egoísmo, ubiquemos el lugar exacto de la línea en el que nos encontramos. Sólo así nos sinceraremos con nosotros mismos, dejaremos de creer en nuestras propias mentiras y podremos acercarnos al extremo correcto del trazado. Un detalle importante a tener en cuenta es el anonimato. Efectuar un acto altruista, esperando algo a cambio, aunque más no fuera un gesto de agradecimiento, le quita todo el valor de tal y se transforma en una acción interesada. El altruista no acepta recompensas porque el espíritu de accionar no lo concibe. Entendemos que este atribulado mundo sería mucho mejor si los seres humanos nos alejáramos cada vez más del egoísmo y nos acercáramos al altruismo. Pensémoslo, todavía hay tiempo para reaccionar. Bienaventurados los que saben dar sin recordarlo, y recibir sin olvidarlo. MGT/12.- |



