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| Todos los años |
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En el fondo, todas se ajustan a un mismo argumento o estructura: principio triste y traumático, desenlace navideño y final feliz. Por supuesto que, aunque conozcamos sobradamente el final, igualmente soltamos muchas lagrimitas, mezcla rara de alegría y tristeza. Claro, esto nos sucede porque estamos sensibles, tenemos todos los sentimientos al desnudo, a flor de piel. La cercanía de las fiestas navideñas y el final de año, conllevan estas expresiones, por demás versátiles, del ánimo. Esto nos pasa, aunque lo queramos disimular, porque no somos tan inmunes como creíamos, a tanta actividad sentimental desplegada como un gigante abanico. Me encantan los filmes alusivos a la Navidad, pues en ellos, siempre se reencuentran los seres queridos que, por infaltables e insospechadas causas, estuvieron largo tiempo separados. Aunque al comienzo todo esté mal, se va arreglando poco a poco, hasta alcanzar la perfección absoluta. Las madres se acercan a sus hijos, los hijos a los padres, los novios hacen las paces, los huérfanos consiguen un hogar y hasta los perros hallan el camino de regreso a casa, ¡final feliz para todos! Ojalá en la vida real se dieran así las cosas. Pero no siempre ocurre lo que uno quisiera, o como acontece en las pantallas de tv, pero bueno, para eso están ellos, los actores y cineastas, para acercar un poco de fantasía, de irrealidad a nuestras vidas. Se trata de algo así como un saludable escapismo, una válvula de emergencia. No creo que haga daño a nadie, y lo bueno es que, mientras tanto, las cosas se pueden ir arreglando, no mágicamente, tampoco seamos tan ilusos. Seguramente tendremos que poner de nuestra parte, mucha colaboración, para así llegar también al tan ansiado final feliz, final de cine… The End. |


Todos los años, invariablemente, y puntuales, como el reloj que alguna vez tuve, aparecen, para esta altura del calendario, las consabidas “películas navideñas”.