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| Rabiosa |
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En diferentes situaciones apremiantes solemos tomar decisiones equivocadas, por eso es necesario tranquilizarse, tomar aire y pensar en las consecuencias que pueden tener nuestras determinaciones. A continuación una historia que podría haber alcanzado ribetes dramáticos, por algunas actitudes precipitadas, sin embargo la inocencia, en este caso, jugó a favor de la vida y el relato se convirtió en una anécdota simpática. El día que quise suicidarme… Cuando cumplí los siete años, etapa feliz, pero a la vez extrañamente agitada de mi vida, atravesé algunos episodios que recuerdo con una mezcla de sonrojo y simpatía. Una vez, como todo angelito travieso, traspasé los límites de lo permitido, y cometí una infracción casera De tal trance salí muy trastornada y con ganas de tomarme algún tipo de venganza. Pensé que el mejor castigo para mi madre sería cargar eternamente con la feroz e interminable culpa de mi muerte prematura. En ese momento me pareció que era el escarmiento que se merecía por haberme contrariado de aquella manera. Con tal ánimo, y firme empeño, comencé a repasar los tipos de muerte que conocía. Entonces caí en cuenta de que no contaba con mucha información al respecto. Sin embargo, recordé que disponíamos de una caja de primeros auxilios donde guardaban mis padres muchos medicamentos. Eso resolvió el inconveniente de encontrar un medio apropiado para auto-eliminarme, sería tomando alguna medicina. No me decidía por una en particular, hasta que, prácticamente, me topé con unos pequeños sobres, de papel metalizado, que me parecieron los adecuados, se trataba de un muy famoso antiácido. Dejaría este mundo cruel bajo los letales efectos de una sobredosis de sales efervescentes. Nunca antes las había tomado, por lo tanto no sabía cómo hacerlo, así que simplemente fui abriendo varios sobres y poniendo el contenido en mi boca. En ese momento entró mi hermana, tres años mayor que esta servidora, a la habitación y se espantó de manera superlativa al verme con la boca rebosante de abundante espuma blanca. No mezquinó estentóreos gritos desesperados sino que los desparramó a mansalva, y corrió, casi al galope, a buscar a mi madre. La confusión fue total. Aparentemente, y según trascendidos familiares, la escena fue realmente espeluznante. Pensaron, erróneamente, que me habría mordido un perro callejero y me había contagiado de la muy temida hidrofobia. Una vez que terminó la urgente visita a la sala de emergencias del nosocomio más cercano, todo el asunto se esclareció y, poco a poco, la calma y el sosiego fueron ganando el lugar a la perturbación y la desesperación familiar. Salí sana y salva de tal brete, y sin acidez estomacal, pero no zafé de una lógica reprimenda por parte de mis mayores. Las que casi sucumbieron, debido al tremendo susto, fueron mi madre y mi hermana, que jamás olvidarán el horripilante encuentro con “la boca espumosa”. Cosas de bisoños resentidos… MGT/11.- |


que me llevó directamente a una virulenta confrontación con mi madre.