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| Trauma |
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La primera experiencia que tuve con la muerte, tomó por sorpresa a mis tiernos cuatro años. Nunca es demasiado temprano para tener un abrupto encuentro con el más allá. Mis padres tenían un negocio y se ocupaban de atenderlo, mientras tanto, con mi hermana Rosana (cuatro años mayor) nos juntábamos con algunos niños del barrio a intentar descubrir el mundo. Todo nos llamaba la atención y todo era motivo de largos y extraños debates infantiles. Así fue como, en un baldío cercano, nos topamos con un pajarito muerto. Fue un tremendo suceso para nuestras jóvenes mentes que sólo se ocupaban de pensar en comer golosinas, jugar y hablar a los gritos. Yacía, ante nuestros ojos absortos, un ser vivo sin vida… Tomamos a la tiesa avecilla y corrimos a mostrársela nuestra madre. Buscábamos alguien que nos dijera qué hacer ante esa flamante y extraña situación. Recuerdo que nos explicó que ya no volvería a moverse, no volaría nunca más, y que lo mejor era colocarla en una cajita, enterrarla y olvidarnos del asunto. Con mucha tristeza y tratando de asimilar el amargo escenario, acomodamos con mucho cuidado el cuerpito dentro de un frasco de mayonesa vacío.
No alcanzo a dilucidar como funciona, ante estos delicados temas, mi mente, pero lo que sí puedo asegurarles es que, indefectiblemente, me asaltan unas irrefrenables e indomables ganas de reír. Creo que se trata de un trauma. Dicen los que saben: “Ante una situación abrumadora e inexplicable, el ser humano trata de usar la lógica y si por intermedio de ésta no logra superar el trance, le da las riendas de la situación al humor”. En pocas palabras, me río por no llorar. Es una manera de sufrir, pero sin que se note. MGT/11.-
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Nos reunimos solemnemente, frasco en mano y cavamos un pequeño hoyo en la tierra. Mi hermana, la mayor del grupo, por elección unánime fue la encargada de decir una oración. Tanta nueva información, difícil de entender y digerir, me superó. La escasa racionalidad con que contaba se esfumó y me asaltaron unas incontenibles ganas de reír a carcajadas. Lo peor fue que contagié a casi todo el resto de la banda infantil, con excepción de mi hermana, que me clavo una gélida mirada desaprobatoria. Me dijo que, si era incapaz de guardar la compostura requerida para tal momento, me retirara inmediatamente. Por supuesto me fui, llorando, esta vez con una razón que podía entender, me habían retado y echado. Ese fue mi primer contacto con la muerte. Desde entonces, y de allí en adelante, no he podido asistir a ningún velorio, sepelio u oficio mortuorio.