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| Albur |
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“Recuerda que, a veces, no conseguir lo que quieres puede ser un maravilloso golpe de suerte.” Verdaderamente se trata de una frase atractiva, profunda y alentadora. Si lográsemos tenerla presente en forma permanente, sería más que recomendable, extraordinario.
Esto si nos atenemos a los hechos que practicamos cotidianamente los simples y corrientes mortales, pues seguramente existirán honrosas excepciones. Lo que hacemos generalmente la gran mayoría de personas, por no decir siempre, es enojarnos, maldecir, desesperarnos y por último caer en una profunda depresión, que nos coloca al nivel de una ameba. Toda esta trama se desarrolla sobre una base gris oscura, de ribetes casi trágicos y con fondo musical de Enya, u otra melodía similarmente melancólica. En ocasiones, la cuestión va desembocando lentamente, pero a paso firme, en un Acto seguido, y para deleite de todos los presentes, suenan las trompetas y aparece en escena el archiconocido cargo de conciencia. El mismo no viene solito, sino mezclado de manera casi promiscua, con la culpa correspondiente que supimos conseguir. Es así que sobreviene el siguiente pensamiento que irrumpe con la fuerza de una sentencia: “Si cuando todo iba a pedir de boca ni siquiera tuve la decencia de acordarme del Todopoderoso para agradecerle, ahora que estoy atravesando este drama, la verdad es que no tengo cara para solicitarle un poco de atención, ni mucho menos”. Y la vida sigue su curso.
Particularmente este proceso nos toma unos tres o cuatro años. Actualmente nos encontramos abocados a la ardua tarea de bajar estas marcas y de romper nuestro propio récord, pero en honor a la verdad, no es nada fácil abrirle de par en par, las puertas de nuestra vida a un dudoso, y poco probable, “golpe de suerte”. MGT/12.- |


Sin embargo, sucede que cuando nos sobreviene algún contratiempo o las cosas no salen como las esperábamos, lo que menos se presenta en nuestra memoria es el recuerdo de este tipo de máximas.
cuadro histriónico sorprendente. Es entonces cuando totalmente compungidos miramos al cielo, levantamos los brazos, y reclamamos a viva voz: “¿¿Por qué Dios, por qué me tiene que pasar esto A MÍ??”. Invariablemente nos acordamos del Creador cuando estamos mal.
Una vez que “pasa el temblor”, tomamos aire y reflexionamos. Después de mucho esfuerzo aceptamos la fortuna que nos tocó y finalmente nos armamos de valor y coraje, para seguir peleándola.