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| Cena y calefón |
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La cena y el calefón Anécdota de la vida real
Nosotros no buscamos complicaciones, sino que son ellas las que nos persiguen con insistencia y, a veces, nos dan alcance. Si necesitan pruebas de lo antes mencionado, lean lo que nos pasó una olvidable ocasión. No conocíamos la casa porque se habían cambiado a principios de febrero y desde esa fecha veníamos amenazando con reunirnos a cenar, así que fue un estreno total. Ni bien arribamos a la vivienda, nos sentamos en la sala de estar a contarnos las últimas novedades mientras se terminaba de hacer el asado. Cuando estuvo todo listo fuimos a ubicarnos en la mesa, pero antes pedí permiso para pasar al baño y lavarme las manos. No pasó mucho tiempo antes de comenzar a sentir un olor a material plástico quemado, que fue creciendo en intensidad hasta tornarse insoportable. Además del olor a chamuscado, la casa se llenó de un humo oscuro que salía del baño.
Todos nos preguntábamos qué había ocurrido. Con ustedes, la explicación: Cuando accioné la llave, no fue la de la luz, sino una que estaba a su lado y era la que encendía un calefón eléctrico forrado con PVC (un revestimiento plástico). Para poner en funcionamiento, este tipo de aparatos, es necesario abrir antes el agua porque si no se recalienta y se quema ¡Y eso fue lo que ocurrió! Hasta los vecinos se acercaron a preguntar si tenían que llamar a los bomberos. Se armó un lindo lío. Cuando el humo se disipó, el asado ya estaba pasado, pero igual lo comimos, rápido y en silencio, como apurando el mal trago. Esta historia es conocida entre nuestros familiares y amigos como: “La noche de la cena y el calefón”, interesante título para una película. No pretendo justificarme pero, repito, fue un accidente totalmente involuntario. La culpa fue del calefón, demasiado sensible… como los dueños. Los cordobeses nunca volvieron a invitarnos, después de todo, el asado no estaba tan rico y ellos, para nuestro gusto, resultaron ser demasiado quisquillosos. MGT/11.-
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