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| Embocar era la cuestión |
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No debo permitirle ver tantos canales deportivos a mi amado esposo. Cuando se entera de los honorarios, sueldos y premios que perciben los deportistas, de diferentes disciplinas, le pica el bichito de la competencia. Luego de ver un campeonato de golf, en el cual entregaban suculentos y generosos premios dolarizados a los ganadores, se levantó presurosamente de la silla, agarró un paraguas, que está siempre colgado detrás de la puerta del baño de visitas, e intentó golpear una pelotita de goma con la que suele jugar la gata. Digo intentó, porque el mango del paraguas, ya que lo había tomado de la punta, pasó a medio metro de la pequeña esfera. -Mis movimientos son los correctos, tengo buena puntería, ¡qué tiemble Tiger, allá voy a conquistarlo! -fueron las palabras de mi marido antes de salir a agenciarse un juego de palos y la indumentaria indicada para este tipo de actividades.
Al día siguiente fuimos a Posadas y, en el camino, recordó que un conocido suyo, que antes solía practicar golf, seguramente le prestaría el juego de palos. Así fue. Se puso más contento que perro con dos colas. Armó un “green” de entrenamiento en el patio del fondo de casa y me fundió el césped con los palazos en la tierra y los clavos de los zapatos. Lo máximo fue el día del debut en un club al que fuimos invitados. Todavía deben estar buscando las pelotitas impulsadas por el héroe de nuestra historia. Ni él sabe para dónde fueron a parar. Si alguien vio pasar un objeto esférico parecido a una pelotita de golf, ¡es una pelotita de golf! Por favor avísennos, serán oportunamente recompensados con unas clases a domicilio sobre cómo no se debe jugar al golf. MGT/11.- |


Después de un rato regresó decepcionado. Tenía que vender uno de los autos para poder comprar un equipo de segunda mano. Lo único que consiguió fue un zapato usado, de esos que tienen clavos y en la suela, y cuando se los puso, para probarlos, rayó el piso de la sala.