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| El cerdito perdido |
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Un relato cuasi navideño Muchos podrían pensar que el indefenso cochinito se marchó por sus propios medios, pero se equivocan, no fue así como sucedieron los hechos, fuimos nosotros, sus legítimos propietarios los que indulgentemente lo entregamos. Una canicular tarde del mes de Diciembre lo vimos por última vez. Eso aconteció hace siete años, sin embargo conservamos firmemente en nuestra memoria cómo se fueron desarrollando las cosas, hasta culminar en la triste desaparición física del animalito. Corría el año 2004. Con mi esposo, salimos muy temprano a realizar las acostumbradas compras, previas a las fiestas Luego de agradecer efusivamente el gentil gesto, entramos a nuestra casa con la preciada y apreciada carga. Fue entonces cuando caímos en la cuenta de que no teníamos espacio donde mantener bien preservado al bichito en cuestión. Estuvimos más de media hora evaluando distintas posibilidades, y acto seguido, descartando cada una de ellas. De Afortunadamente, nuestro amigo no tuvo inconvenientes en aceptar de buen grado la solicitud, ya que contaba con suficiente espacio para darle alojamiento a nuestra valuada carga. Y así fue como, queridos lectores, esa inolvidable tarde de Diciembre, vimos por última vez a nuestro entrañable lechoncito. Ocurrió que al acercarse la Noche Buena, los expertos y diligentes cocineros de Claumir, apartaron todos los cerdos a ser preparados para el restaurante y, en la volteada, cayó el que nos pertenecía. El propósito era cocinarlos de diferentes formas con el fin de agasajar a los numerosos comensales que asisten cada año, infaliblemente para estas ocasiones, a la reconocida churrasquería. Ese día, lo perdimos para siempre, y con su doliente partida se esfumaron también nuestros bucólicos sueños festivos. La última vez que pudimos observarlo, estaba la gran mesa de la noche del veinticuatro, exquisitamente adornada con diversos platos y, en el centro de la misma, una gran fuente con el lechón, ya asado por supuesto, en pose triunfal, con una roja y radiante manzana entre sus fauces. Era una imagen arrobadora, cautivante al extremo. Definitivamente, tuvimos que aceptar su irreparable e irreversible ausencia. Chau, chau, adiós, pequeño chanchito, hasta nunca jamás.
Nos ofrecieron reemplazarlo por otro ejemplar de similares características, pero no accedimos, pues juzgamos que “por algo ocurrió lo que ocurrió”. Lo merecíamos, por habernos desprendido de él, sin una mínima pizca de apego. Lo merecíamos, sobradamente. Sin embargo, debemos confesar que, hasta el día de hoy… ¡¡cómo lo extrañamos!! MGT/11.- |


decembrinas. Cuando regresábamos al hogar, con el auto cargado de paquetes, salió a nuestro encuentro el estimado vecino Luicho con un original obsequio para sus aledaños convivientes: un hermoso y tierno cerdito de su propia granja. La idea era que, el pequeño puerco, pasara a formar, presuntamente, parte del menú de nuestra mesa navideña.
pronto surgió una excelente idea y pensamos que teníamos la solución perfecta. Le pediríamos a nuestro viejo y dilecto amigo, Claumir, feliz propietario de una inmensa churrasquería, que nos guardase el marrano hasta que llegara la fecha en que calculábamos hacer algo con él. 
