Pavura a las alturas

Al atravesar la tierna e inexperta etapa infantil, muchos de nosotros hemos albergado la falsa idea de que, con el transcurrir de los años, nos volveríamos más corajudos, más valientes, capaces de enfrentar grandes retos. Quizás barruntamos de este modo debido a la siguiente relación, elaborada erróneamente en nuestra inmadura cabecita de niños, a mayor tamaño o estatura = mayor bravura.

Craso error de cálculos.Por ejemplo, en mi experiencia, ocurrió exactamente a la inversa, con el correr de los años el miedo y la cobardía fueron ganando terreno y plantando banderas. No es un hecho que sirva para ufanarse, pero es lo que tenemos.

Remontémonos al pasado para entender un poco más esta historia. La primera vez que subí a una montaña rusa en el gran Ital-Park de Buenos Aires, tenía 9 años. En esa ocasión, y con gran esfuerzo, conseguí abrir los ojos durante diez segundos en la mitad del recorrido, estaba aterrorizada. Altura y velocidad, era una combinación no apta para principiantes asustadizos, como la que suscribe. Volvería a intentarlo más adelante pensé, cuando acumulara más agallas, cuando fuera mayor y con mayor cúmulo de experiencia.pavura1

Pasó el tiempo. Hace unos años fuimos con mi esposo al grandioso y monumental parque de diversiones  “Beto Carrero” que está en Brasil y, entre otras atracciones, ostenta una montaña rusa impresionante y escalofriante. Subirme a ella sonaba como un verdadero desafío. Ya estaba grandecita e imaginé que, seguramente, la  disfrutaría con más libertad, más soltura y confianza.

Pero no fue así. Cuando esa especie de trencito comenzó a desplazarse por los rieles  ganando, con apabullante rapidez,  velocidad y altura, el terror reapareció, con nuevos bríos, y se apoderó de la situación. Casi de inmediato, cerré con fuerza  los ojos. Esta vez, los mantuve abiertos por menos de seis segundos. Pero eso no fue todo lo que ocurrió. Me embargó el más profundo y completo espanto. Comencé a gritar como una loca desaforada  hasta quedar ronca. Rogué y supliqué, para bochorno de mi marido, que detuviesen el mamotreto asesino como fuese, que estaba arrepentidísima y deseaba pisar tierra firme urgentemente. Así fue hasta el final que, dicho sea de paso, pareció demorarse una eternidad en llegar. Cuando por fin se detuvo la máquina infernal, empujé a todos, para salir de allí cuanto antes… un verdadero papelón, créanme.

El pánico a veces nos transforma en seres egoístas e irracionales. Sin embargo, estoy decidida a no dejarme vencer por el temor, regresaré por el trofeo mayor, enfrentaré los espantosos miedos cara a cara. La montaña rusa no me ganará más  batallas.

Pienso juntar fuerzas y retornar a reintentar en unos años más. Creo que lo haré sola, pues mi compañero de aventura dice que la última vez, pasó demasiada vergüenza y no está dispuesto a repetir semejante experiencia traumática. Suele pasar. Otro ser humano que inclina la balanza hacia la regla general.

Lo comprendo perfectamente porque, también en su caso, la bravura fue cediendo espacio a la pavura… MGT/11.-

 

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