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| Incompatible aliada |
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Aunque parezca un hecho de ficción y muy difícil de creer, percibo su mirada cada vez que entro al baño. Acto seguido, la diviso detrás de la puerta, presencia inmóvil pero certera e ineludible. Siento como un susurro, primero me pide, luego me exige que pose mis pies sobre ella, quiere sentir el peso de mi cuerpo. Trato de ignorarla pero su táctica es tan contundente que me intimida, me presiona, me subyuga. Es la única que sabe, a ciencia cierta, si me cuido o no con las comidas. Es la que mide, gramo a gramo, la eficacia de la gimnasia que realizo. Es absoluta y contundentemente sincera, a veces tanta verdad, lastima y mortifica. Sin embargo, la necesito, eso es algo innegable. No obstante la detesto, por ser tan alcahueta y chismosa. Por un lado pienso que quiere ayudarme, que está a mi favor, pero por el otro avizoro una sonrisa burlona e incrédula. No se demora ni se recata con los reproches, es más, los extiende a lo largo del día. Machacar parece ser la consigna, instalarse en la conciencia y desde allí ejercer presión. Se declara protagonista principal en esa ardua empresa que significa adelgazar, cuidarse, bajar de peso… acceder a un estado más saludable. Sencillo de entender, factible de ser aceptado, pero increíblemente difícil de ser llevado a la práctica. Les aseguro que intento mirarla con buenos ojos, hacerme su amigo, pero en cuanto la observo, siento un rechazo irrefrenable. Acabo entendiendo, se trata de un jarabe amargo, que hace bien, por lo tanto, aunque no guste, debe ser incorporado. A veces creo que en algún momento del futuro, tal vez serán publicadas en “policiales” la fotos del desastre de “la balanza que sabía demasiado”. Por supuesto, habrá que hacerlo parecer un accidente, acepto sugerencias. MGT/11.-
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