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Nos preguntaron sobre la crisis refiriéndose a ella como algo etéreo, algo intangible, algo lejano. ¿Cómo pueden requerirnos algo así, justo a nosotros?
Si resulta que, precisamente quienes les escribimos este agradable artículo, nacimos, crecimos, nos desarrollamos y, probablemente, terminaremos nuestros días en estado crítico, ¿qué nos van a hablar de crisis?
Desde nuestra más tierna infancia, mamábamos la inestabilidad, mientras escuchábamos a nuestros mayores hablar de la famosa crisis, que siempre se hace sentir más en su faz financiera, pero en realidad es un abanico que abarca lo político, lo económico, lo social y, como si hiciera falta, lo cultural y lo deportivo.
También desde pequeños hemos visto circular gobiernos, electos o no tan electos, selectos y no tanto, desfilando por la pasarela con un montón de promesas que al final no serían cumplidas.
Siempre hubo crisis y no por eso el planeta dejó de girar. El mundo sigue andando. Así que no es novedad esto que estamos conviviendo y reviviendo. Por eso a nosotros, los que vivimos en la parte de abajo del mundo, nadie puede enseñarnos lo que es la crisis, porque en esto somos legos, eruditos, casi doctorados.
En consecuencia, estamos dispuestos, quienes suscribimos esta nota, a trasladarnos a cualquier lugar del mundo, con los gastos pagos como corresponde, para dictar clases, conferencias y seminarios a todos aquellos inexpertos en este tipo de avatares.
El alojamiento y la comida deberán ser cinco estrellas, por lo menos, para hacer realidad aquel viejo apotegma que reza: “Si hay miseria, que no se note”. MGT/11.-
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