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| La cosa |
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Hace algunos años, trabajábamos en un prestigioso multimedios de la región. Si bien nuestra labor no era de fundamental importancia, no pasábamos desapercibidos y, en los casi tres años que permanecimos allí, podemos decir que hicimos notar nuestra presencia y nos hicimos conocer hasta por los serenos.
-Buen día, jefe, ¿cómo anda la cosa? -¿La cosa? ¿Qué cosa? La pregunta de él sonó como un sonido de alerta, como queriendo saber hasta qué punto conocía yo el asunto de “la cosa” y en ese preciso momento me di cuenta de que, por no direccionar correctamente mis preguntas, podía haberme metido en un brete del cual hubiese sido difícil salir. No recuerdo bien como zafé en ese momento pero la inquietud me invadió de modo insoslayable. Hoy me levanté con la firme determinación de llamar a las cosas por su nombre. Pero, porque siempre, en todo momento y en todo lugar hay un pero, no resultará tan sencilla la cuestión. El intríngulis que se me presenta, así de sopetón y sin decir agua va, es no saber a ciencia cierta, o relativamente cierta, con qué nombre llamar a las cosas.
Colijo que lo más acertado y pertinente sería intuir, o tratar de descifrar e interpretar, cómo desearían las cosas que se les designe. Creo que primero confeccionaré una encuesta y luego elaboraré estadísticas para configurar un panorama cierto y real que me permita develar esta incógnita enigmática y misteriosa. Cuando consulté a mis allegados sobre el propósito de mi sesuda investigación, me dijeron que las instituciones de salud mental estaban llenas de lunáticos, extravagantes y excéntricos que comenzaron como yo y terminaron encerrados. Me parece que, después del susto que me dieron las personas que, supuestamente, me quieren, voy a dejar que las cosas se llamen como a ellas les parezca, y a otra cosa, mariposa. ¡¡Qué cosa!! ¿No? MGT/12.- |


Una mañana de sábado, durante la emisión de nuestro programa de radio, salí a la calle a comprar algo para acompañar el mate. En uno de los pasillos, me crucé con el propietario-director y, luego de los saludos protocolares usuales, le hice una de las preguntas más insólitas que se le puede hacer a alguien que tiene, en su ajetreada mente, una importante cantidad de soluciones a ser aplicadas en otros tantos problemas. Sin anestesia y con total inocencia despaché:
Durante mucho tiempo me siguió retumbando la pregunta-respuesta con que este personaje me dejó bastante intranquilo. Pero decidí encarar la cuestión para hacer una suerte de catarsis y así poder volver a la tranquilidad.
No llego a discernir si debo utilizar el nombre científico, o el nombre genérico, si queda bien que las denomine con su nombre propio, o el de guerra, o quizás el nombre de pila, aunque también puede ser el nombre de fantasía.