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| Maltratados por un bulbo |
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Las cebollas, además de servir para preparar ricas comidas y hacer llorar a la gente, son buenas para el corazón. Por lo menos a esa conclusión llegaron un grupo de científicos, quienes luego de manosearlas y estudiarlas durante largo tiempo, les descubrieron incontables riquezas y propiedades hasta hoy desconocidas. Curan resfríos, matan parásitos, combaten el estreñimiento y la diarrea, adelgazan y ¡¡hasta pueden ser afrodisíacas!! Eso de aprovechar las bondades de estos bulbos lacrimógenos, no es para mí, pues soy extremadamente alérgica a los De todas maneras, confieso que tengo sentimientos encontrados hacia la susodicha. Convengamos que aporta buen sabor a los platos, pero por otro lado es una poderosa y efectiva “espanta-gente”. Existen en el mercado popular, cientos de trucos y recetas que aseguran ser sumamente efectivos para sacar el irritante aroma de estas hortalizas, sin embargo son contados los que realmente funcionan. Es entendible la preocupación de todo mortal, que pretende ser atractivo a la vista y olfato de sus congéneres, por sacarse de encima este tipo de olor incómodo, hasta repugnante, pues provoca el total rechazo de quienes lo perciben. Inclusive llega a molestar a quien lo ostenta, lo cual es mucho decir, ya que generalmente acostumbramos a encariñamos con el aroma de las emanaciones que nos pertenecen, seamos sinceros al respecto. Mucho tiempo atrás teníamos un amigo, nótese que decimos “teníamos”, que era un amante incondicional de las cebollas. Con dolor en el alma, tuvimos que alejarnos de él, fue una cuestión por demás sanitaria, traten de entenderlo. Conclusión: “La cebolla es rica, hace bien y todo el rollo, pero cuidado, atención y ojo al piojo, si abusan o exageran, esta noble y bondadosa hortaliza, los dejará sin amigos”. Si desconfían de éstas afirmaciones pueden preguntarle al gringo Nicolás, un verdadero, sazonado y entrañable ex amigo. MGT/12.- |


mismos. Lo más probable es que si los consumo, termine el día ocupando una cama de alguna Terapia Intensiva o algo parecido.
El buen hombre acostumbraba comerlas crudas y en ayunas, argumentando que eso le brindaba fuerza y vigor… en fin, sin dudas lo dejaban bien fuerte, ¡pero bajo el brazo! Todo él era olor a cebollas. Cuando hablaba, y también cuando callaba. Se puede aseverar, sin temor a exagerar que, de tan potente que era el hedor, viciaba el aire que lo circundaba. Allí donde se sentaba o apoyaba una parte de su humanidad, ¡la pestilencia quedaba para siempre!