|
|||
| Margen de error |
|
A medida que van pasando los años, se nos van reduciendo los márgenes de error. No es lo mismo equivocarse en los años jóvenes, cuando poseemos todo el empuje, que cuando está más cerca la meta que el punto de partida.
Sin embargo, en todas las edades es tan saludable cometer errores, notarlos, repararlos y continuar, que hasta se puede recomendar hacerlo. Los temores a equivocarnos no son buenos, porque nos vuelven pusilánimes y nos reducen la perspectiva, restándonos expectativas.
Vale la pena rescatar la experiencia de un querido amigo que, sabiéndose afectado por una enfermedad muy complicada, llenó sus últimos días de proyectos y aspiraciones. Hasta el instante final tuvo la firmeza de que podría realizar la mayoría de los planes que se había trazado. Esta elección, seguramente, no le permitió vivir más tiempo, pero sí intensamente hasta el fin. Cada vez que cometemos un error, por más que parezca una paradoja, deberíamos descubrir una verdad que no conocemos. Porque, al equivocarnos, deberíamos reaccionar, no para lamentarnos, sino positivamente, para que ese traspié nos sirva para acumular experiencia.
No conocemos a fondo a una persona si no sabemos cuáles fueron algunos de los errores que ha cometido. A través de los errores se revela la verdadera personalidad, porque es el momento en el que surgen los rasgos particulares que la caracterizan. A medida que avanzamos en la vida, nuestra experiencia debería disminuir la cantidad de errores, pero eso tornaría nuestra trayectoria en una aburrida sucesión de aciertos que no tendrían el sabor que brinda el hecho de equivocarse y comenzar de nuevo. Entonces, como corolario de todo lo antes expuesto, debemos decir que nunca es tarde para errar, no hay tiempo establecido para dejar de cometer un desacierto. Siempre permanece latente la posibilidad de la enmienda, la reparación, para volver a empezar. El hecho de cometer errores es una manera de demostrar que todavía hay intenciones de seguir haciendo cosas. MGT/11.-
|






