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| Gira de ensueño |
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MISIONES DESDE ADENTRO (Zuni Fariña, profesora y periodista) Primera parte
Había que irse de aquí para volver a querer estar. La ausencia provoca aquello de la nostalgia, la necesidad imperiosa de volver a palpar parte de la realidad que permanece distante.
Eso fue volver a palpar la tierra, el suelo, lo verde y lo líquido de esta maravillosa provincia, vivida por dentro después de larga ausencia. La idea del reencuentro desde adentro fue, entonces, pergeñada aún en la distancia, y sirvió como detonante para el regreso definitivo. La idea era recorrerla de punta a punta. Y comenzó a tejerse el plan. En tiempo de vacaciones y en familia, para hacerlo más completo. El recorrido Llegada a Posadas, desde ese algún otro lugar lejano, a la noche de un lluvioso día de julio. Aquí se diseñó la parte final del plan de viaje. En realidad, la definición sólo pasaba por cerrar lugares para pernoctar y probable fecha de regreso. Todo lo demás se resumía en un: lento y sin apuro.
Distribuimos la familia en dos coches. En uno, abuela, papá y mamá; y en el otro tía y sobrinos. Todo pensado para que en uno se conversara sobre temas varios, y en el otro se disfrutara de músicas varias, con baile incluido mientras durara el recorrido. Portaequipajes cargados con carpas, colchones, frazadas, implementos de pesca, calentador, y todo lo que se pudiera precisar en un campamento a la vera de un arroyo o en el patio de algún viejo pariente al que reencontraríamos tal vez, en algún pueblo perdido.
La mañana nos despertó con trinar de miles de aves escondidas en el follaje aún tupido de los alrededores del salto. Hora de partir. Próximo destino: Eldorado. Quedarían para otro viaje Puerto Rico y su costa, el banco de arena de El Alcázar, el zoo de Montecarlo y su costa, y Puerto Piray. En la capital de trabajo, el recorrido del segundo día de viaje fue ciudadano y de visita de cortesía a viejos conocidos.
Recorrida nocturna por el pueblo, y a dormir para salir temprano porque nos advirtieron que “desde que está el trencito, el recorrido por Cataratas, dura todo el día”. Después de llamar por teléfono para averiguar precios de ingresos al Parque Nacional, nos dispusimos a descansar. El gran salto Aunque desde la abuela, con 64 años, hasta el último nieto, de 10, todos ya habían estado alguna vez en los grandes saltos, nos invadía un estado de euforia generalizado, inexplicable… ¡como si fuéramos a conocer algo que jamás hubiéramos visto! Estábamos felices por compartir una experiencia única como es volver a ver los saltos, con la ilusión de la primera vez, aunque fuera ¡la décima! Junto a la advertencia del tiempo que nos llevaría el recorrido nos habían dicho que lleváramos para comer y tomar en el trayecto, porque en el predio, los precios estaban en dólares; así que eso hicimos y llevamos todos, una mochila que incluía algo salado, algo dulce y algo líquido. Comprobamos entonces que el trencito había transformado el viejo recorrido en un gran espectáculo. Y lo disfrutamos junto a brasileros, europeos, asiáticos y paraguayos. Terminamos cantando con el coro Mbyá a la salida del último recorrido, cuando la tarde agonizaba y el eco de la Garganta se hacía cada vez más intenso. (continuará)
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Y Misiones, cuando se la deja por un tiempo, se vuelve peor que viejo amor ido, duele su ausencia y se magnifican sus virtudes. Y volver nos hace entender aquello de porqué “saudades” no tiene traducción exacta en español y es porque lo anhelado, lo ausente, se mantiene maravillosamente intacto en la memoria, se agranda en la evocación y estalla en el reencuentro.
Partimos después de almorzar. A media tarde, la primera parada fue en San Ignacio. Recorrimos las ruinas a las corridas, sin guías pero con relatos diferentes de quienes ya la habían visitado (todos habían ido alguna vez). Después, viaje continuado hasta Capioví. Después de averiguar sobre posibilidades para acampar, lo hicimos al
pie del Salto, que espectacular nos bañaba con la llovizna tenue de su caída. A la noche, la visita al centro de una ciudad escondida y partida por la Ruta 12, nos reveló una coqueta organización urbana en todo el sentido. En la plaza, los más pequeños se sorprendieron ante el “Buenas Noches” de cada transeúnte que nos cruzaba, (costumbres de pueblos donde la amabilidad no necesita contratos previos).
Al amanecer del tercer día, el objetivo fue Puerto Esperanza, de pasada hacia Cataratas. Allí, entre visita a parientes y recorrido a las minas de piedras semipreciosas nos encontró la noche.
