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Comenzar a bajar
En cualquier poblado, ir a Posadas es “bajar”, como salir de ella es “subir”. Por lo tanto debíamos ahora comenzar a bajar. Elegimos volver a Puerto Esperanza, donde teníamos un asado pendiente. Al día siguiente decidimos transitar la nueva Ruta 19 desde Wanda para conocer Comandante Andresito. El trayecto, fue una sucesión de interjecciones entre “¡¡¡Oh, ah, wueee!!!”. Verde, monte, animales, pájaros, curvas, olores y sonidos nos impactaron como si estuviéramos delante de una película inédita. Nos detuvimos frente al refugio de guarda-parques, donde después de fotos varias, la señorita que estaba de turno nos contó detalles del parque provincial y algunas anécdotas que hicieron definir a los más chiquitos que “cuando sea grande quiero ser guarda-parques”. Andresito fue otro gran descubrimiento. Sus calles, casas, avenidas y marco natural son partes de un una invitación a quedarse. Pero, disponíamos de dos semanas y realmente no habíamos pensado en detenernos ya que queríamos disfrutar de la Ruta 101 antes de que fuera asfaltada en su totalidad. Así que seguimos viaje hacia San Antonio, para llegar a Bernardo de Irigoyen. El recorrido que debíamos hacer en pocas horas, nos llevó todo el día, porque ante cada curiosidad nos deteníamos. Y el “cerrá el vidrio” dejó de ser importante, porque junto a la tierra que oscurecía la visión, los olores que venían desde la selva nos envolvía con una extraña sensación de bienestar, que aumentaba la euforia y la alegría. Fueron los kilómetros más reveladores a nivel humano, ya que afloraron los grandes cantores, los poetas más preclaros que rimaban a la selva, a los animales, a lo misionero, a las vacaciones y al amor.
Las mandarinas irrumpían de pronto en medio de tanta selva virgen, entre rosados robados a la vegetación. Y el deseo de tomarlas sin pedir permiso, nos invadió a todos. Mezcla de picardía infantil y relato de infancia, no nos animamos, por aquello del buen ejemplo a los hijos. Así que nos detuvimos a la vera de la ruta, en un paraje donde no había más que selva y una casa rodeada de plantas frutales. Apenas nos detuvimos, pudimos ver que algunas personas salieron al patio. Gritamos preguntando si vendían mandarinas. La respuesta fue un señor, que se acercó trayendo una caja de cartón, llena de las más grandes frutas que hayamos visto en la ciudad. Cuando le preguntamos el precio, nos miró sorprendido, y en un excelente portuñol, dijo: “noooo, llevá nomás, si usted quiere, le consigo máis”. Después de percibir que insistir con el pago sería una ofensa, nos fuimos, dejando algo en las manos de los niños, extremadamente rubios y alegres, que nos miraban extrañados. Entre desvíos, movimiento de tierra y ruta vieja, vivimos los últimos tramos cubiertos de polvareda de la Ruta 101. No encontramos el ingreso al salto San Antonio, así que continuamos y sólo hicimos una parada para disfrutar de las araucarias, planta especialísima para toda la familia, ya que la infancia del clan había transcurrido en lugares donde esos añosos árboles eran los dueños absolutos del paisaje. A Bernardo de Irigoyen llegamos bien entrada la noche. Buscamos y encontramos a viejos conocidos, con los cuales cruzamos la calle de Marco Grande, barrio sin frontera con Brasil, y palpamos aquello de la frontera seca tan comentada.
Al día siguiente, aprovechamos para revisar los autos en el país hermano, aprovisionarnos de algunos pertrechos y continuar hacia San Pedro. La idea original era hacerlo por Ruta 14, aún sin asfalto, que empalma en Dos Hermanas con la 17, pero finalmente decidimos hacerlo por la Ruta 20, que desde Pozo Azul, llega a Palmera Boca, a pocos kilómetros de San Pedro.
Parada obligada
San Pedro es otra historia. El mayor atractivo, para toda la familia, es la chacra de un tío. Don Roberto Machado nos recibió con la misma falta de sorpresa de siempre, aunque transcurran diez años, nos recibía siempre con un: “Yo sabía que hoy iban a llegar”. Mezcla de premonición, alegría contenida y cariño incondicional; con esa bienvenida, sabíamos que no podríamos irnos tan pronto. Así que en una sentada, decidimos que el recorrido terminaría allí por en cuanto; y ahí nomás programamos volver a ese mismo punto, pero haciendo el recorrido por la costa del Uruguay, Ruta 2 incluida, en otra oportunidad. Es más, fijamos como fecha, la semana de Navidad. En la chacra, vivimos gratis, lo que un extranjero pagaría miles de dólares por hacer: andar descalzos, meternos en pleno monte para llegar al Salto Don Machado (bautizado así por la veintena de chicos que formaron entre primos de grados diferentes), ordeñar vacas, correr chanchos, subirnos todos al remís improvisado de un carro tirado por bueyes, buscar maíz, matar gallinas, andar a caballo. Todas, experiencias inolvidablemente atesoradas por chicos y grandes, que aún hoy no dejan de ser motivo del “¿te acordás?”, seguido de interminables anécdotas en las que nos disputamos protagonismos, alrededor de la mesa familiar. Cinco días después, habíamos olvidado que el objetivo era recorrer, sin quedarnos en ningún lado. Aún más: habíamos olvidado que debíamos volver. Pero…como toda historia, esta tenía un final fijado por el fin de las vacaciones. Quedaba un fin de semana para organizar el regreso a las clases y a la rutina laboral. Esta vez, amenizada por la esperanza de retomar la experiencia en cinco meses.
Zuni Fariña Periodista - Docente |